Fue un domingo raro, pero me encantó. Miquel me despertó tempranísimo e hizo crepes para desayunar. Riquííííísimos *__*
Luego hicimos las maletas y salimos hacia el rastro. Me encantaba ese ambiente... gente de todas las nacionalidades, gritos de los vendedores, compradores que regatean, colores, sonidos, música... de hecho ya me había pasado otros días para hacer fotos. Pero hoy fuimos a mirar ropa, zapatos y alguna que otra cosilla. Yo conseguí un traje medio hippie super bonito, un cinto, unas sandalias y unos pañuelos. Miquel se pilló unas pantalones y unas camisas. También compró unas pulseras con nuestras iniciales PMDespués nos fuimos hasta Gran Vía para comernos un buen bocata de calamares en el bar de unos amigos. Luego pasamos por el Dunkin Coffe para llevarnos unos donuts para el vuelo y otros para nuestros padres.
Parecía mentira que ya todo se acabase... tres semanas. Se me habían pasado increiblemente rápidas. Los primeros días en los que Miquel me sacaba de la cama en contra de mi voluntad, los paseos que me obligaba a dar... hasta que a mitad de esa semana quise salir yo sola. Las miles de fotos sacadas, mis viajes en el metro y mis amigos de viaje. Que sería ahora de ellos, seguirían sus vidas por supuesto pero no me despedí de ellos. ¿Seguirían Alex y Lidia preguntándole cosas sin sentido a cualquier viajero, la ajetreada empresaria siempre conectada, aquel estudiante de arte dibujando a cualquier viajero...? Eso esperaba o que al menos les fuese bien. Madrid, mi centro de rehabilitación, lo echaría de menos.
De repente Miquel me saca de mis pensamientos con un "¡Sonríeee!". Era cosa de familia, nos encantaba sacar fotos, sobre todo a él y a mi. Cualquier escusa era buena, si no nos poniamos a hacer caretos. Era mi hermano, pero antes que eso mi mejor amigo.
Ya solo nos quedaba volver a recoger las maletas, así que malgastamos el tiempo sacándonos fotos. Las últimas fotos de mi Navidad en Madrid.
Finalmente, después de un largo viaje en metro y tropecientos transbordos, llegamos a Barajas. Entrar, facturar, pasar el control de la policía, embarcar, buscar nuestros asientos... y rumbo a casa. Habían sido tres semanas fantásticas, inolvidables y Miquel una vez más me había salvado.

Me apoyé en su hombro, cerré los ojos y noté como el avión comenzaba a depegar...
Adiós Madrid,
mejor dicho hasta pronto.




Hoy, me dirigía hacia el Retiro para recorrerme el paseo de las estatuas y el palacio de cristal, y sacar algunas de mis fotos. Al subir al vagón, aunque enchufada a mi iPod, comprobé que todos estaban allí. Cuando llegué a la estación de Sol, tras despedirme de Lydia y mi pequeño amor Alex, hice transbordo para llegar a Retiro y el parque, que esta justo al lado. En el siguiente metro, seguí experimentando esa estraña sensación con la que hoy me había levantado, pero por unos instantes me había sentido observada.

Aún de vez en cuando, me sentía observada, pero entre tanta gente quien iba a saber. Allí entre las barquitas y las complicidades entre los remadores... conseguí distraerme un poco. Había una pareja, de unos 20 años que estaban jugando en una barca y me habían contagiado con sus risas, les había sacado algunas fotos, pero temía que se volcaran. Pronto descubrí que no lo harían, pues él le agarro las manos y la atrajo hacia sí para abrazarla y luego besarla. Adoro esas escenas típicas del cine francés.
Buscando otra posible foto me fije en la gente apoyada en la varandilla y los demás transeuntes, con el objetivo traté de buscar a alguien que estuvira por la labor. Fue entonces cuando distinguí a un chico guapísimo que parecía como suelo decir pedirme a gritos fotografiarlo. Y justo cuando pulse el disparador, me miró fijamente a través del objetivo y luego me sonrío con complicidad. No me lo podía creer...era ÉL.